Capítulo 1: Un apocalíptico despertar

Era un viernes cualquiera a mediados de verano, el día había sido uno de los más calurosos de la época, cosa que destacaba no solamente por el espantoso calor que hacía la mayor parte del tiempo, sino que además resaltaba por la poca gente que transitaba por las calles de Villanueva de Córdoba, ya que muchas familias por esta temporada se iba de vacaciones lejos o a otros pueblos cercanos que presumían de ser más grandes, transitados y con mayor número de eventos y fiestas.

Sin embargo, esa tarde fue demasiado extraña, al menos para Dani, un joven de veintidós años, su cabello siempre había sido rubio muy claro, desde pequeño, pero con la edad, fue adquiriendo un tono más oscuro, pero sin llegar a castaño, sus ojos eran de un azul cielo, brillantes, cosa que a muchas chicas les gustaba… sería lo único, o al menos eso pensaba él… su nariz, no le gustaba demasiado, desde su punto de vista no le parecía grande, pero la hubiese preferido un poco más pequeña… de todos modos tampoco es que le importara demasiado, había cosas más importantes de las que preocuparse.

Si había que destacar algo de él es que era bastante simpático, buena persona, no solía utilizar la violencia para solucionar los problemas que se le presentaban, prefería usar el diálogo, le gustaba ayudar a los demás como si fueran hermanos, quizás era demasiado buena persona en el sentido de que muchas veces daba demasiado a cambio de muy poco o nada. Normalmente era una persona que se preocupaba demasiado por todo, sobre todo por las personas a las que quería, aunque éstas no siempre se merecieran dicha preocupación, pero él era así, había intentado cambiarlo, pero era prácticamente inútil. Aún así, aún le quedaba una faceta que jamás perdería y que la conservaba desde siempre, su gran sentido del humor, un sentido del humor que le hacía decir una gilipollez incluso en el peor de los momentos, quizás para liberar tensiones, o puede que para burlarse de la vida y del problema en cuestión, o tal vez para ambas cosas.

De todos modos ese día no había sido precisamente para gastar bromas, Dani había pasado toda la tarde en casa, la verdad es que no había ningún sitio al que ir, no en su pueblo, y mucho menos con ese calor. Tampoco era día de ir a la piscina, la verdad es que para ver imbéciles molestando en un día en el que no se tienen ganas de nada, prefería quedarse en casa, con un ventilador al lado y un refresco con un par de hielos en la mesa mientras trataba de distraerse conectado a internet con su ordenador, con algún juego online, escuchando su mejor música y conversando con algún contacto de la red social, aunque no había muchos conectados, cosa bastante extraña teniendo en cuenta el vicio de la gente a esa red.

El reloj de su ordenador marcó las siete horas y once minutos de la tarde cuando de repente su teléfono móvil comenzó a sonar escandalosamente, tanto que se sobresaltó levemente, enseguida miró de quién se trataba, era su amigo Migue, un joven de dieciocho años, bastante más alto que él, con gafas, y demasiado buena persona con gente que no se lo merecía, en eso se parecía a Dani, puede que por eso fueran tan amigos. Seguramente llamaba para salir por la noche un rato, así que no se lo pensó y respondió enseguida, la cosa pintaba bien, ya que el día había sido bastante desesperante, dentro de un verano bastante raro en un año demasiado complicado.

Efectivamente, la llamada de su amigo era por ese motivo, así que no tardó en aceptar, teniendo en cuenta que le hacía falta estar en buena compañía, y más teniendo en cuenta que Cristi, su actual pareja, iba a estar presente. La idea era que la peña de todos los fines de semana quedasen esa noche, en la cochera de Migue, que se encontraba en la otra punta del pueblo, para divertirse, llevando buena música y algo para beber. La cosa pintaba muy bien y una sonrisa enorme se dibujó en su cara.

En gran parte quería ir para poder estar con ella, hacía unos cuantos días que, por diferentes motivos, no la había visto, y ya iba siendo hora. Cristi era para él lo más importante de su vida en ese momento, por ella lo daría todo, llevaba bastante tiempo con ella, lo que le había llevado a quererla y a enamorarse perdidamente de ella. Su edad era de diecisiete años, quizás algo pequeña para alguien de veintidós, pero eso no les importaba.

Era una chica muy guapa, morena con el cabello ligeramente rizado y largo, aunque no demasiado, algunas pequitas en el rostro, bastante alta, alegre, divertida, cada dos por tres decía alguna chorrada sin sentido y se reía como una loca, bueno… la verdad es que hay que reconocer que estaba como una regadera, pero solo a veces. También tenía sus momentos de seriedad, muy contados pero los tenía. Aunque la verdad es que sin esa locura y sin esa alegría que la caracterizaba, no sería ella.

Rápidamente bajó las escaleras y se dirigió a la habitación de su hermano Alberto para avisarle, el cual también estaba de acuerdo con el plan para esa noche.
Alberto era tres años más pequeño que su hermano aunque era igual de alto que él. Su cabello era castaño y sus ojos marrones, todo el mundo decía que ambos se parecían mucho, aunque Dani consideraba que solo se parecían en el físico en todo caso, y puede que en algún gesto, pero no en la forma de ser y de pensar, porque en eso eran completamente diferentes.

Ambos empezaron a prepararse, habían quedado todos a las nueve de la noche en la casa de Cristi, que quedaba a unos doscientos metros de la de ellos, calle arriba. Así que se asearon, eligieron la ropa que iban a ponerse y comieron un bocadillo. Dani se acordó de que sería buena idea llevar algo de beber, ya que en la cochera no quedaría demasiado, por lo que se dirigió a la cocina, y abrió un pequeño mueble con la esperanza de encontrar alguna botella, tuvo suerte, encontró una recién empezada de Vodka, eso serviría.

Pronto llegaron las nueve menos cuarto, salieron a la calle, cerraron la puerta y se dirigieron hacia la zona de encuentro, durante el corto trayecto se percataron de que el ambiente ahora estaba algo más fresco, y se podían observar algunos viandantes paseando, la mayoría ancianos que se dirigían a sus casas tras realizar las últimas compras del día o a pasear.

Al llegar, con tiempo suficiente, Migue y Cristi, ya estaban allí esperándolos, cosa poco normal teniendo en cuenta que ella siempre solía tardar mucho en acicalarse. Se saludaron entre ellos y Dani le dio un beso en la mejilla a Cristi, ella se lo devolvió y ambos sonrieron.

Tras un rato de charla comentaron que tenían pensado salir con su otro amigo, Fran, pero al parecer no iba a estar presente puesto que se iba de viaje a la mañana siguiente y sus padres no le dejaban. Así que los cuatro se pusieron rumbo a la cochera, que quedaba bastante lejos, aunque el camino no se hizo demasiado largo, todo ello gracias a la loquilla del grupo, que no paraba un solo momento de reír y de comentar cosas sin sentido que hacían el camino mucho más ameno, no obstante las calles seguían estando más desiertas de lo normal, incluso había pocos vehículos circulando por las vías, y parece que solamente Dani se daba cuenta de ese detalle.

Una vez llegaron a la cochera, Dani se dijo a sí mismo que ahora era el momento de divertirse, de estar con la gente que quiere y con la chica que ama, y que esa noche no volvería a pensar más en esas preocupaciones que tenía en mente, no todas comprensibles.

Entraron a la cochera, cerraron la puerta, pusieron música disco en un tono bastante alto y se sirvieron un poco de vodka con Cocacola. Cristi, por su parte, odia las bebidas alcohólicas fuertes, por lo que se decantó por servirse un poco de malibú con zumo de piña, que tiene un sabor más dulce.

Tras beber un poco y comentar lo que habían hecho esa semana, decidieron apagar las luces, para bailar, o para lo que Dani y Cristi “necesitaran”, dijeron ellos.

Migue y Alberto en realidad lo que querían era que la pareja estuviese junta, ya que sabían que solo se podían ver allí sin que el resto de la gente les molestase y cotillease, por lo tanto se quedaron bailando, que más que bailar parecían robots con las pilas acabadas y con fallos técnicos irreparables. Mientras tanto, la pareja disfrutaba de estar a solas, por fin podían abrazarse y besarse en la oscuridad, tras una semana sin verse, y poder decirse lo muchísimo que se querían.

Continuaron bailando, charlando, bebiendo y riendo todos hasta las dos y pico de la madrugada, y cuando ya estaban algo ebrios, unos más que otros… acordaron dar por finalizado el encuentro y volver a sus casas.

Dani y Alberto acompañaron a Cristi hasta su casa tranquilamente, las calles estaban aún más desiertas que el resto del día, pero esta vez Dani no pensó en ese tema, ya que iba demasiado feliz abrazando a su chica, sin contar que iba bastante pedo.

Ambos se despidieron de ella en la puerta de su casa, Dani dándole un intenso beso en los labios y diciéndole lo mucho que la quería, y que se cuidase mucho, cosa que siempre le decía, teniendo en cuenta lo mucho que se preocupaba por ella siempre, tras eso ambos se sonrieron y Dani se marchó con Alberto de vuelta a casa.

Al llegar, Dani fue al baño rápidamente y seguidamente subió las escaleras y se dirigió a su habitación.

Nada más entrar y encender la luz, un escalofrío siniestro recorrió todo su cuerpo, no se explicaba el por qué, pero normalmente cada vez que le sucedía eso, ocurría algo malo, entonces volvió a recordar el extraño día que había tenido, horas antes de quedar con sus amigos. Por lo que enseguida apagó la luz y se acostó.

- Mañana será otro día, las cosas extrañas de hoy solo han sido cuestión de un día tonto, pensó mientras cerraba los ojos.

Gran parte de la noche la pasó dando vueltas inútiles en la cama, tanto despierto como dormido, pensando y soñando cosas sin sentido, hasta que hacia las cuatro y media de la madrugada logró conciliar el sueño.

No se despertó hasta entradas la una de la tarde del día siguiente. Nada más abrir los ojos un infernal dolor de cabeza hizo acto de presencia, cosa muy normal tras haber pasado una noche de fiesta y sin dormir. Aún así, se levantó, miró el reloj de su teléfono móvil y se quedó bastante extrañado de que nadie lo hubiese llamado por la mañana, como normalmente solían hacer cuando se quedaba dormido. Aunque, es posible que lo hicieran, pero que su sueño fuera tan profundo que ni se enterase, ¿quién sabe?...

Cuando logró ponerse en pie, ya que estaba algo mareado, un nuevo escalofrío volvió a recorrer su cuerpo, ésta vez porque había sudado como si hubiese tenido la peor de las pesadillas o puede que fuera de nuevo lo de anoche. Por lo que no se vistió, tenía la intención de desayunar tranquilamente y después darse una buena ducha.

Salió de su habitación, el calor volvía a ser sofocante, aunque no tanto como el día anterior, continuó bajando por las escaleras, lentamente y con cuidado, ya que en su estado podía accidentarse fácilmente.

Tras bajar, se percató una vez más del desesperante silencio que dominaba el ambiente, ésta vez mucho más inquietante que el del día anterior, por otro lado, un apestoso olor hacía acto de presencia, aunque no le dio demasiada importancia.

Miró a su izquierda donde se encontraba la entrada de la casa. La puerta exterior estaba entreabierta, pero la cancela estaba cerrada, por lo que se percibía perfectamente que el sol brillaba con exuberante fuerza.

Continuó hacia su derecha, dirigiéndose al baño, para asearse mínimamente y hacer sus necesidades, para después llegar al salón a desayunar.

Una vez entró al salón, se quedó perplejo al comprobar que no había nadie. Sobre la mesa se encontraba el ordenador portátil de su madre, abierto pero con la batería terminada, justo al lado, un vaso de café tumbado, al parecer a medio tomar, ya que no había demasiado líquido derramado, además había cierto grado de desorden en el resto del salón, cosa que no era normal.

Notó un desagradable olor a comida socarrada, por lo que se dirigió a la cocina, que estaba justo al lado del salón, la luz estaba encendida. Nada más entrar comprobó que había una olla de comida que había rebosado y se había quemado, aún estando a fuego lento, era un potaje de garbanzos que había quedado completamente arruinado.

Enseguida acercó la mano a la ruedecilla del gas para apagarlo. Dani se temía lo peor, pensó que algo malo había pasado y que habían tenido que irse rápido al hospital… ¿y si se ha quemado con el fuego?, ¿y si ha sido algo peor? ¿Qué ha pasado?, se preguntó en voz baja y con voz entrecortada echándose la mano a la cabeza.

Salió corriendo hasta la habitación de su hermano, muy asustado, teniendo la esperanza de que su hermano seguiría durmiendo, como hacía de costumbre cualquier fin de semana, pero al abrir la puerta y encender la luz solamente pudo comprobar una cama completamente deshecha, su ordenador estaba encendido pero en modo suspendido. Salió fuera de la habitación, más aterrado aún.

Miró en la mesita del pasillo, en la que solían dejar las llaves de la casa, faltaban las de su madre y las de su padre, que se suponía que había ido temprano a revisar los animales de alguna finca, ya que se dedicaba a eso. Pero después de lo que había visto, ya no estaba seguro de nada.

Volvió a subir a su habitación, desesperado, corrió hasta su mesita de noche para llamar a su madre, pero ésta vez se dio cuenta de que el teléfono móvil estaba fuera de cobertura, cosa de la que antes no se había percatado. Lo intentó varias veces, llamó a su madre, a su padre, a su hermano, y por último a Cristi, pero no sirvió de nada. Su preocupación era cada vez más grande, varias lágrimas brotaron de sus ojos, sentía una gran angustia, volvió a echarse las manos a la cabeza, caminó varios pasos mirando a varios lados de la habitación, salió de ella unos pasos y volvió a entrar… cada segundo que pasaba se sentía más inquieto.

- ¿Qué está pasando?, se preguntaba una y otra vez.

Intentó calmarse y pensar que todo tendría una explicación razonable, ya que si no se calmaba, no llegaría muy lejos para averiguar lo que estaba pasando, no lo consiguió del todo, pero se dispuso a encender el ordenador para ver si había alguien conectado, alguien que supiera qué estaba pasando. Puso la máquina en marcha, pero cuando se encendió por completo, comprobó que no tenía conexión a Internet, lo intentó unas cuantas veces, pero sin éxito. El asunto tenía muy mala pinta y se estaba imaginando lo peor.

Sin saber qué hacer, y cuando estaba a punto de derrumbarse, no le quedó más remedio que sentarse en su silla, cerrar los ojos, y pensar que eso no podía estar pasando. Varias lágrimas volvieron a recorrer su rostro, le faltaba el aire, necesitaba saber qué estaba pasando, volvió a mirar su teléfono móvil, pero seguía sin cobertura, volvió a cerrar los ojos, una lágrima más resbaló por su mejilla.

- Tranquilízate, tienes que calmarte y buscar una solución, se dijo a sí mismo varias veces.

Tras varios minutos eternos se puso en pie, salió de allí rápidamente y se dirigió a la habitación que quedaba a su derecha, allí estaban situados los dos balcones que daban al exterior. Aún le quedaba la esperanza de que si miraba desde ahí pudiese encontrar una explicación a lo que estaba pasando, por ejemplo que algún vecino supiera algo.

Paró en seco frente al balcón más cercano y abrió la persiana de un golpe, el sol brillaba con tanta fuerza y tenía una jaqueca tan inmensa que la cabeza y los ojos parecían que le iban a estallar, por lo que tuvo que cerrarlos enseguida para que dicha luz no le afectara. Abrió las puertecitas de cristal del balcón como pudo y salió al exterior, intentando abrir los ojos poco a poco para acostumbrarse a la gran iluminación que despedía el sol.

Nada más salir, un repugnante e intenso olor azotó su olfato, enseguida supo identificar dicho olor, olía a piel quemada, sí, carne quemada… el hedor era tan insoportable que no pudo evitar soltar una arcada, se mareó, su rostro se volvió blanco como una pared recién encalada.

Cuando logró abrir los ojos por completo y dejó de ver borroso, y tras mirar rápidamente calle arriba, su rostro se volvió aún más pálido. El paisaje que yacía frente a sus ojos parecía sacado de una película o un videojuego de ciencia ficción, concretamente de invasiones alienígenas y desastres de la humanidad, que tanto le gustaban… al menos hasta ese momento…

Tragó saliva, se agarró fuertemente a los oscuros barrotes de hierro que rodeaban al balcón, volvió a tragar saliva cerrando los ojos, intentando pensar que eso no podía estar pasando, una lágrima brotó de uno de sus ojos, recorriendo su mejilla y dejándose caer sobre su muñeca, estaba pasando realmente.

Volvió a abrir los ojos, no veía con demasiada claridad, pues los tenía empapados de lágrimas, se los secó con la mano y se dispuso a mirar detenidamente el asolado paisaje y tratando de identificar qué había podido ocurrir y de dónde procedía ese olor tan desagradable, aunque no era difícil de adivinar.

Todo estaba completamente desierto, no había movimiento, exceptuando el de algunos pájaros negros que volaban a lo lejos. En la acera pudo ver claramente que había tres bolsas de color negro alargadas juntas, con unas cintas que las rodeaban, efectivamente, eran las típicas bolsas que se utilizaban para los cadáveres. Alrededor de las bolsas había una gran mancha de color roja muy oscura, casi negra, sin duda era sangre, aún así el color era demasiado oscuro, quizás haya habido un incendio y sean cuerpos medio quemados, tal vez por eso olía de esa manera.

En mitad de la calle había una fila de al menos cinco vehículos, formando un pequeño atasco, varios abollados y con los cristales rotos, algunos de ellos tenían las puertas abiertas, hasta donde él podía ver, no se apreciaban personas dentro de los coches. Si había algo que destacaba era que no todos estaban en fila, había unos cuantos que estaban mal colocados, casi en diagonal, como si hubiesen intentado adelantar.

Junto a la acera, había tres aparcados, entre ellos el de su madre. Intentó mirar un poco más adelante, para intentar dar una explicación del por qué se había producido tal atasco, que seguramente tendría algo que ver con los cadáveres de las bolsas, tuvo que inclinarse mínimamente, ya que frente a su casa había un árbol que le impedía la visión completa.

En aquel momento comprobó lo que había ocasionado el atasco, justo en el cruce calle arriba. Era un coche que se había accidentado con una moto, o lo que quedaba de ella, el vehículo estaba completamente abollado por la parte delantera y había ardido. La moto había quedado reducida a chatarra, cerca había un gran charco de sangre. Justo al lado del accidente había una ambulancia, no muy bien estacionada.

Entonces un pequeño recuerdo le vino a la mente y de nuevo un escalofrío asoló su cuerpo. La noche anterior, inconscientemente, mientras dormía, le pareció escuchar la sirena de una ambulancia.

- ¿Fue un sueño o lo escuché realmente?, se preguntó. Pero eso ya no importaba.

No daba crédito a lo que estaba pasando, siguió mirando, había varias casas que tenían las puertas abiertas, en algunas se apreciaban manchas de sangre, también había manchas otras partes del suelo. Cristales rotos, trozos de carrocerías de vehículos, plásticos, papeles y hojas de propaganda de supermercados esparcidos a lo largo de la calle.

- ¿Tan dormido me encontraba que no me enteré de nada de lo que estaba ocurriendo? Porque una cosa es segura, la situación parece bastante grave y tenía pinta de haber provocado enormes ruidos, se dijo a sí mismo.

Sin embargo no había escuchado nada de nada, tan solo tenía ese pequeño recuerdo de una sirena de ambulancia encendida.

Enseguida se hizo a la idea de que tenía que salir de casa para comprobar qué era lo que estaba sucediendo realmente, pues ahí dentro solo conseguiría volverse loco, tenía que encontrar a sus seres queridos y hallar una explicación a todo con lo que se había encontrado. Por lo que se dispuso a salir del balcón y volver a su habitación, pero tras darse la vuelta escuchó el sonido de lo que parecía un helicóptero sobrevolando la zona a lo lejos, volvió a girarse rápidamente para mirar al cielo. Tras unos segundos logró divisarlo calle arriba, cerca del campanario, era del ejército.

No se lo pensó más, la situación empeoraba por momentos y tenía que indagar en el asunto para saber a qué se enfrentaba, pues tenía pruebas más que suficientes para sospechar que algo extremadamente grave estaba sucediendo.

Salió del balcón rápidamente, cerrando la persiana y las puertecitas acristaladas para evitar que el mal olor continuara entrando en la habitación y se dirigió a la suya para apagar el ordenador y la luz, no sin antes recoger su teléfono móvil por si volvía la cobertura y ropa nueva para ponerse, pues antes de salir a la calle tenía que ducharse, ya que estaba hecho un asco y no sabía si podría volver a ducharse una vez se encontrara fuera.

Salió de su dormitorio a toda prisa y bajó por las escaleras dirigiéndose a la cocina para comer algo, ya que la noche anterior cenó muy poco y estaba hambriento. Tras beber algo de leche y comer una magdalena fue al baño a ducharse, todo ello sin apenas despegarse de su teléfono móvil.

Tardó entre cinco o diez minutos escasos, se vistió sin perder el tiempo y guardó su móvil en el bolsillo derecho. Se dirigió a la salida de la casa atravesando el pasillo, a medida que lo hacía el mal olor aumentaba considerablemente. Recogió sus llaves de la mesita y abrió muy lentamente la cancela, aunque bastante nervioso por lo que podría haber ahí fuera, de modo que casi se le caen las llaves al suelo.

Continuó caminando lentamente, dejando la cancela entreabierta y con las llaves puestas y se detuvo justo antes de atravesar la puerta que daba paso al apocalíptico exterior.

Asomó la cabeza mínimamente para comprobar que no hubiera ningún peligro cercano, mirando a ambos lados. Tras comprobar que parecía no haber ningún riesgo se dispuso a salir a la calle, despacio y con mucha precaución, observando atentamente cualquier detalle, especialmente si se movía.

El olor a cadáver quemado era aún más intenso que antes, posiblemente por el calor tan asfixiante que hacía fuera. Dio varios pasos hasta colocarse en el centro de la acera y volvió a mirar a su alrededor, calle abajo pudo comprobar que había aún más vehículos abandonados en medio de la calzada, vehículos que desde el balcón no pudo ver ya que las casas no le permitían la visión a esa zona de la calle.

Todo estaba muy tranquilo, demasiado tranquilo… y eso era precisamente lo que le preocupaba. Caminó unos cuantos metros calle arriba muy lentamente, para observar más de cerca el accidente y, de paso, echar un vistazo a los pestilentes cadáveres.

Justo a unos metros antes de llegar a los cadáveres vio un papel en el suelo, algo arrugado y manchado de tierra y de sangre en una mínima proporción. A su alrededor había una infinidad de papeles de todo tipo, pero ese le pareció interesante… por lo que enseguida lo recogió del suelo y se dispuso a leerlo.

Era un comunicado del ayuntamiento en el que se avisaba urgentemente a toda la población que permanecieran en sus casas, sin ninguna excepción, hasta que llegaran las autoridades de protección, que los trasladarían a un lugar seguro. También se pedía que se mantuviesen alejados de puertas y ventanas que estuvieran en contacto con el exterior y que se cerrasen con llave.

Más abajo, en letras con otro tipo de fuente, se daba un comunicado que decía que se habían dado varios casos de un extraño y peligroso contagio de una enfermedad mortal, la cual estaba siendo investigada.

Abajo del todo se rogaba, una vez más, que intentaran mantener la calma y que permanecieran en sus casas hasta que llegara la ayuda.

Ahora tenía varias dudas que le inquietaban, como por ejemplo, por qué no había nadie en su casa si en ese comunicado se pedía que nadie abandonara sus casas… ¿Llegó finalmente la ayuda que mencionan? Se preguntó.

Eso le hizo pensar que su familia quizás estaría en esa zona segura, pero no tenía ni idea de dónde se encontraba dicha zona. Por lo que eso le dio algo de esperanzas.
Como ese papel era lo único que tenía que le daba algo de información sobre lo que había ocurrido, lo dobló en dos y lo guardó en su bolsillo izquierdo del pantalón. Quizás en un futuro lo necesitara, pensó.

Tras leer el comunicado pensó que quizás no había sido buena idea salir a la calle, todo aquello del contagio mortal le hizo pensar diferentes cosas muy importantes ante esa situación, por ejemplo cómo se transmitía el contagio, de dónde procedía ese contagio y lo que más le inquietaba, qué síntomas padecía la persona infectada y si tenía cura.

Entonces pensó que igual él estaba también infectado, pero no podía ser, él se encontraba bien, a excepción de la enorme jaqueca de la borrachera de la noche anterior y de las náuseas que los acontecimientos de esa mañana y el mal olor de la calle le había provocado.

Procuró no pensar en eso y se centró más en averiguar algo sobre esa supuesta enfermedad, que había hecho que todo el mundo desapareciera inexplicablemente, eso sí, sin exponerse demasiado para no contagiarse… si es que no lo estaba ya.

Continuó caminando unos metros hasta llegar a donde se encontraban las tres bolsas de cadáveres, paró en seco frente al primero e hizo una mueca que indicaba que el olor era sumamente desagradable.

Se puso la mano izquierda en la cara, tapándose la nariz y parcialmente la boca y se mantuvo unos segundos observando los tres cadáveres, buscando algún indicio que le ayudara a entender lo que estaba ocurriendo.

Dos de los cuerpos se encontraban completamente tapados por las bolsas, sin embargo el tercero estaba parcialmente al descubierto, era una mujer, de no más de treinta años, en su cabeza tenía una enorme y profunda brecha, tanto que se podía observar claramente parte de la corteza cerebral, sin contar la gran cantidad de sangre que había dentro y fuera de la bolsa. El rostro del cadáver mostraba signos de asombro y tenía los ojos abiertos.

Inmediatamente después de ver ese cadáver dio varios pasos hacia atrás, aterrado. Estaba claro que esa mujer había muerto, aparentemente, de un golpe en la cabeza, posiblemente con un hacha o algún arma contundente similar. No se explicaba lo que había podido ocurrir para que esa mujer tuviese que morir de aquella manera tan desagradable.

Miró a su alrededor y después se quedó observando fijamente durante varios segundos las otras dos bolsas, ya no estaba tan seguro de querer abrirlas. De repente volvió a escuchar el sonido de aquel helicóptero, aunque ahora algo más lejos que antes.

Volvió a mirar las dos bolsas cuando cesó el ruido, no se lo pensó, quería averiguar algo más ya que cada vez estaba más confuso, por lo que hizo de tripas corazón y acercó la mano derecha a la cremallera que cerraba la bolsa del segundo cadáver.

Sin exponerse demasiado, comenzó a abrirla muy lentamente hasta la altura de la cintura y separó las dos partes de la bolsa para descubrir el cuerpo.
Esta vez el cuerpo era de un hombre, su edad era imposible de calcular puesto que su cara estaba completamente desfigurada y quemada, al igual que el resto de su cuerpo. Su ropa prácticamente no existía.

Enseguida pensó que aquel hombre pudo haber sido uno de los responsables del accidente, posiblemente el que conducía el coche, ya que estaba completamente quemado.

Ya había visto bastante por lo que cerró la cremallera y volvió a ponerse en pie para intentar asimilar lo que había visto y tratar de tomar aire, cosa que era prácticamente imposible debido al mal olor.

Se quedó mirando la bolsa del primer cuerpo, no le apetecía en absoluto pero inconscientemente fue acercando la mano muy lentamente para abrir la cremallera, quería acabar con aquella situación. De repente, y justo unos centímetros antes de llegar hasta ella, la bolsa comenzó a moverse levemente mientras unos gruñidos monstruosos que parecían sacados de las profundidades del infierno comenzaron a escucharse dentro de la bolsa.

Su reacción fue tal que rápidamente se movió varios metros hacia atrás, cayéndose al suelo y mordiéndose la lengua. La bolsa cada vez se movía más y estaba empezando a romperse por lo que se levantó cuanto antes, aunque le costó, ya que se había hecho daño en el tobillo izquierdo durante la caída. Comenzó a correr lo más rápido que pudo hasta su casa, entró y sin pensarlo cerró la puerta exterior del cerrojo, ya que era más segura que la cancela, inmediatamente después sacó las llaves que había dejado puestas en la cancela y cerró también de la llave y la cadena. Como no le parecía suficiente, se aseguró cerrando de nuevo la cancela.

Una vez cerró la cancela comenzó a caminar hacia atrás por el pasillo, muy despacio, sujetándose a la pared de la derecha y sin dejar de mirar ambas puertas. Aún aterrorizado, se sentó en la primera silla que encontró y se quedó inmóvil durante al menos diez minutos.

- ¿Qué mierda está pasando?, susurró con voz entrecortada, cerrando los ojos y echándose las manos a la cabeza.

De repente comenzaron a escucharse unos extraños pasos que provenían del exterior, cada vez se acercaban más y más, acompañados de aquellos aterradores gruñidos de antes.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta, pero los gruñidos continuaban. Acto seguido, fuera lo que fuese, comenzó a arañar la puerta sin parar y a golpearla varias veces.

- Pero… qué… ¿qué es eso? Pero si es… es… era… un cadáver… ¡estaba muerto! o… ¿está vivo?, y… si está vivo… ¿qué hacía ahí dentro? Se preguntaba a sí mismo, aterrorizado, mientras aquel ser continuaba golpeando y arañando la puerta, cada vez con más intensidad y gruñendo más enloquecidamente.

- Pero… una persona normal y corriente… se limitaría a pedir ayuda… no a gruñir como un animal… ¿no?, a no ser que estuviese infectado por aquella enfermedad… quizás uno de los síntomas fuera el de no poder hablar, pensó de manera confusa.

De repente, no demasiado lejos, se escuchó el sonido de un disparo. Se quedó inmóvil, tratando de identificar de dónde procedía, pero estaba casi seguro de que el disparo se había realizado calle abajo.

Poco después de que se escuchara aquel disparo, cesaron los gruñidos y los golpes. El ser que los estaba provocando comenzó a caminar de nuevo, sus pasos lentamente se iban alejando, calle abajo, como si el ruido lo atrajera.

Se levantó de la silla, aún le temblaban las piernas, intentó tranquilizarse y buscar la manera de comprender completamente aquello que estuviera ocurriendo, porque cada vez sabía más pero entendía menos, y tras aquello comprendió que el exterior no era seguro, no podía serlo.

Un segundo disparo procedente del mismo lugar volvió a escucharse, y justo en ese momento recordó que aún le quedaban dos cosas por probar dentro de casa, y que, con un poco de suerte, le ayudaran a resolver aquellas malditas dudas.

Se dirigió rápida pero silenciosamente a la sala de estar y encendió la televisión. Comenzó a cambiar de canal, uno a uno, pero ninguno de ellos emitía nada, absolutamente nada, excepto uno o dos de propaganda que parecían ser grabaciones.

Apagó el televisor, y, aunque le quedaban pocas esperanzas, se dirigió la mesita del salón en la que se encontraba la radio de su madre y sin dudar la encendió. De igual forma que con la televisión, buscó alguna emisora de radio que estuviera emitiendo algo relevante, girando la ruedecilla de las emisoras muy lentamente, esperando escuchar la voz de alguien.

Tras un buen rato, cuando parecía que era una pérdida de tiempo, en una de las emisoras se percató de que se escuchaba a alguien hablando, se oía muy mal, muy bajo y con muchas interferencias, por lo que colocó la ruedecilla en la posición que mejor se oía y a continuación se limitó a mover ligeramente la antena de la radio hasta lograr escuchar mediocremente lo emitían.

“… estos seres… eran personas, como nosotros… están muertos… pero aunque cueste creerlo… han revivido… es esa enfermedad de la que hablaban… estos… estos seres son extremadamente peligrosos, procuren por todos los medios que ninguno les muerda, les arañe, o les lama, si les ocurre esto, están muertos… no salgan de casa, pero si salen, porque tarde o temprano tendrán que hacerlo, ármense bien, especialmente con armas no ruidosas, aunque es recomendable disponer también de alguna de fuego, por si van en grupo… si van en un grupo grande, tengan mucho cuidado, y cuando llegue la hora de matarlos, no se anden con rodeos, apunten a la…”

Tras esto lo único que pudo escuchar fue un gruñido y un enorme grito que describía un insoportable dolor… durante los cuatro ó cinco últimos segundos antes de que se cortara la emisión se escuchaba claramente cómo uno de esos seres devoraba al locutor.

De nuevo volvió ese silencio estremecedor, a excepción del ruido distorsionado que emitía la emisora de radio mal sintonizada.

- ¿Zombis?, ¿eso es lo que está ocurriendo?, pero… ¿cómo puede ser eso posible? No… no, no, no… eso no puede ser… ¡Es imposible!, ¿no?, se preguntó.

Sin embargo volvió a recordar la bolsa que comenzó a moverse y a romperse en la calle y aquellos gruñidos y golpes. Entonces pensó que, posiblemente, la idea de que se trataba de una invasión zombi no era tan descabellada como parecía, ya no.

Sus seres queridos se encontraban ahí fuera, en alguna parte… y era evidente que si quería encontrarlos con vida, sanos y salvos, tendría que salir cuanto antes en su busca. Eso si es que seguían con vida, siendo humanos normales y corrientes, claro. No le costó admitir esto último, aunque la idea no le agradaba en absoluto, pero ésa era la realidad.

Se detuvo unos instantes para intentar recordar el comunicado que habían emitido por la radio, y de esa forma intentar organizarse, prepararse, e incluso armarse.

- A ver… a ver… Dijo en voz baja, intentando recordar y rascándose la cabeza.

- Lo último que ha dicho antes de que se cortara la emisión era que hay que dispararles en la… ¿en la…? Se preguntó, aunque ya se imaginaba lo que era.

Aquel cadáver de la chica con el hachazo en la cabeza de la calle le resolvió la duda.

Siempre, siempre, en todas las historias y películas de ciencia ficción, siempre ocurría lo mismo, los zombis solamente “mueren” de una manera, reventándoles la cabeza, puesto que son una especie de títeres hambrientos manejados por alguna parte de su cerebro, y esto no iba a ser menos, pensó.

- ¡A la cabeza! ¡Que no cojean! Dijo en tono irónico.

“Procuren que no les muerdan, les arañen o les laman…” Esto fue lo siguiente que recordó.

Lo típico… Si alguno de estos caníbales te hacía alguna de esas tres cosas, tarde o temprano te convertirías en uno de ellos, como los vampiros, solo que sin volar, con las tripas o algún otro órgano fuera y con la ropa hecha un asco, pensó irónicamente y delirando.

- ¿Qué más? Mmmm… Dijo en voz baja y temblorosa.

- ¡Ah sí! Usar preferiblemente armas no ruidosas, a no ser que vayan en grupo.
Lógico, si hay una horda de quinientos y pico podridos vivientes de éstos delante de ti, no te vas a poner a matarlos con un cuchillito… y más si te están viendo como si fueras un pollo asado. Ironizó, aún sabiendo que la cosa no pintaría nada bien en esa situación.

Al cabo de un par de minutos recordó los dos disparos que se escucharon calle abajo, desde el pasillo, y por los cuáles aquel supuesto zombi había dejado de aporrear la puerta.

- ¡Calle abajo vive Raquel!, exclamó.

Raquel era una amiga suya. La conocía desde que era muy pequeño y fue a clase con ella durante muchísimos años. Tenía casi su misma estatura, sus ojos eran de un color marrón verdoso y su pelo era de un tono comprendido entre rubio y castaño. Las veces que ella había estado con él en los malos momentos eran bastantes, y tenía que comprobar, al menos, que estaba bien.

Es posible que los vecinos de su calle hayan creado una barricada para hacerles frente. Puede que ir allí sea la mejor idea, al menos había movimiento, y, por lo tanto, supervivientes. No queda demasiado lejos de aquí, pero ir andando por la calle no es seguro en ningún caso, y más si el sonido de los disparos han atraído a muchos zombis. Pensó.

Desde luego que había personas más importantes en su vida, eso era lógico, pero aún así empezaría por allí, no podía arriesgarse a ir más lejos y no encontrar nada ni a nadie, era mejor ir a por lo seguro, y lo que era indudable es que allí había gente.

Cada cosa a su tiempo, no puedo cometer errores en un mundo así, y querer hacerlo todo a la vez y sin pensarlo no me llevará muy lejos. Se dijo a sí mismo.

Se puso a pensar, tenía que trazar un plan para ir hasta allí sin ponerse en peligro, buscar en casa diversas armas para poder defenderse y llevarse consigo objetos de supervivencia, así como algún recuerdo de sus seres queridos, a los cuáles quizás no volvería a ver.

No le dio muchas vueltas y lo primero que hizo fue buscar armas por toda la casa, aunque de antemano sabía que no iba a encontrar gran cosa. En primer lugar se dirigió a la cocina, tras un rato de búsqueda intentando comparar e identificar cuáles eran las mejores, se decantó por llevarse consigo un enorme y afilado cuchillo de cocina y su navaja.

Salió de la cocina mientras se guardaba la navaja en el bolsillo izquierdo de su pantalón y se detuvo por unos momentos en el salón, pensando.

- No creo que con esto sea suficiente… debo encontrar algo más… pero… ¿dónde?, se preguntó.

Recordó que su padre guardaba herramientas en un cuartucho, herramientas que le podrían servir de utilidad. Dicho cuartucho se encontraba en la parte de arriba de la casa, en el lado opuesto a donde se encontraba su dormitorio.

La puerta a la que había que acceder para llegar al cuartucho de las herramientas se encontraba justo al lado de la puerta de la cocina, a su derecha. No se lo pensó, abrió la puerta y, cuchillo en mano, subió por las escaleras y entró rápidamente a él, encendiendo la luz.

Revisó varias herramientas que había colgadas en la pared, sierras, seguetas y similares… pero estas herramientas no le servirían de mucho, por lo que se adentró unos metros y abrió la caja de herramientas de su padre. No halló gran cosa, solamente encontró dos martillos, uno más grande que otro, lo demás no le serviría para nada.

Escogió el martillo más grande, ya que en la otra mano ya portaba el cuchillo, y cargar con un arma más solo le haría más lento, y por lo tanto, más vulnerable.

Ahora ya disponía de tres armas, no eran las mejores del mundo pero al menos estaba seguro de que había elegido correctamente.

- Necesito reunir algunos objetos de supervivencia… pero… ¿qué cosas me pueden hacer falta?, se preguntó, sin tener ni la más remota idea.

Enseguida se hizo con una mochila de tamaño medio que tenía guardada y que solía usar para excursiones y se puso como un loco a buscar objetos de utilidad o interesantes para poder subsistir, al menos durante un tiempo.

Su reloj marcó las tres y media de la tarde, y, tras más de media hora buscando y recogiendo objetos, creía tener en su poder todo lo básico. Su documentación, una navaja multiusos, era de mala calidad, pero le podía sacar de más de un apuro, un mechero, clínex, una linterna, varias pilas sin estrenar, una pequeña libreta y un bolígrafo por si tenía que apuntar información importante, un pequeño set de manicura, que parecía una mariconada pero que tarde o temprano usaría, varias vendas, tiritas, algodón, algo de alcohol y betadine.

Tras depositarlo todo en la mochila se dio cuenta de que aún había espacio suficiente para algo más, que no podía ser otra cosa que algo de alimento y bebida, por lo que se dirigió a la despensa y cogió diversas latas de conserva, guardándolas posteriormente en la mochila.

Igualmente llenó una pequeña botella de agua y la colocó en uno de los bolsillitos laterales de la mochila, no le duraría demasiado tiempo, pero con un poco de suerte podría suministrarla hasta que pudiese conseguir más.

Por último, cuando la mochila estaba casi llena, volvió a acordarse de los suyos, se entristeció de nuevo, y sentía la necesidad de llevar encima algo que le hiciese sentirse cerca de ellos. Subió a su habitación nuevamente, y, aunque resultara patético e inútil, concluyó depositando también su consola portátil, que almacenaba gran cantidad de fotografías de sus seres queridos. También colocó los cargadores de su consola y de su teléfono móvil, que ya lo llevaba en su bolsillo.

- Pff… Suspiró.

- Es patético, ¿quién se va a poner a recargar la PSP o un teléfono móvil en un cataclismo de este tipo? En caso de encontrar un enchufe y de que circule electricidad… claro… bueno… al menos sigue habiendo electricidad, de momento, dijo.

Aún así no perdió la esperanza, y pensó que todo eso le podría hacer falta en algún momento dado, por lo que cerró la mochila y se la colgó en la espalda. Empuñó el martillo en su mano izquierda y el cuchillo en su mano derecha.

Se dirigió a la salida de su habitación, pero justo antes de pasar por la puerta se detuvo a pensar. Ahora tenía que trazar un plan para poder llegar al lugar de los disparos, plan que podría costarle la vida, pero que estaba obligado a realizar.

- Veamos… desde aquí hasta allí puede haber… mmmm, ¿cuánto?, ¿unos doscientos metros? Mmmm... Quizás algo más… unos doscientos cincuenta metros… sí, creo que sí…

- Se me ocurren tres modos de hacerlo, el primero es ir a pie, por la calle, pero estaría muy expuesto, ya que en doscientos cincuenta metros pueden pasar muchas cosas… y lo último que quiero es que un muerto viviente de esos me agarre y se dé un festín con mi cuerpo… por lo tanto éste no termina de convencerme. El segundo, más rápido y seguro, es salir de casa cagando leches y llegar hasta allí usando el coche; en un principio parecía fácil ya que el coche estaba aparcado muy cerca, pero no había que olvidar que la calle estaba repleta de vehículos abandonados… y de algún que otro no muerto. El tercero es arreglármelas para acceder al tejado de la casa e intentar llegar hasta allí de tejado en tejado… cosa prácticamente imposible teniendo en cuenta que las casas tienen diferentes alturas y que una calle atraviesa el recorrido justo por la mitad del trayecto.

- Tsss… Sinceramente, no tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo… Dijo preocupado y con voz temblorosa.

De repente, pudo escuchar el escandaloso grito de una mujer que provenía de la calle. Rápidamente salió de su habitación y se dirigió al balcón para comprobar qué estaba pasando, aunque ya se lo imaginaba…

Sin pensarlo lo abrió lo más rápido que pudo, entonces pudo comprobar la gravedad de la situación cuando miró a la calle. Una mujer de mediana edad a la cual no conocía, era perseguida calle abajo por un grupo de, al menos, quince o veinte de esos seres, de los cuales, algunos, le resultaban familiares.

Caminaban con dificultad, pero a paso bastante rápido, todos ellos gruñían mientras la perseguían, como si no se fueran a cansar nunca, sus rostros mostraban una temible expresión de querer matar y comer, como si sintieran la necesidad de tener que hacerlo, levantando los brazos para capturarla. Muchos de ellos tenían mucha sangre, tenían las ropas sucias… algunos, tenían partes del cuerpo rotas, o mordidas.

Por delante de la mujer, otros tres o cuatro zombis que llegaban de diferentes partes se le acercaban cada vez más y más.

Dani se echó las manos a la cabeza, esa mujer estaba perdida, seguramente no le daría tiempo ni de bajar para ofrecerle ayuda. A parte de que corría el riesgo de que todos aquellos seres podrían cebarse también con él.

Se quedó inmóvil, viendo como esa mujer, cada vez más cansada y más aterrorizada, intentaba por todos los medios huir y esquivarlos. Lo último que pudo ver fue a aquella mujer girando por la calle transversal y todos aquellos zombis tras ella. Un último grito de intensa duración dio fin a la persecución, mientras se podían escuchar claramente como todos ellos gruñían, mordían y clavaban sus dedos profundamente en el cuerpo de aquella mujer, que lloraba y suplicaba por su vida.

Tras eso, observó otra horda de cincuenta y pico caminantes que venían por detrás de los anteriores y que se dirigían calle abajo, iban a un paso más lento, pero daba la sensación de que iban buscando su próxima víctima, mirando a un lado y a otro, moviendo la mandíbula de manera espeluznante.

Uno de ellos, que caminaba por delante del resto, se dio cuenta de que Dani estaba ahí, en el balcón, lo miró durante unos instantes, tenía la mandíbula destrozada y los ojos blancos. De repente lanzó un enorme gruñido y comenzó a acercarse a la casa, dando golpes en la puerta. Junto a él se unió el resto del grupo, golpeando la puerta y la pared y tratando de llegar hasta donde él se encontraba, por suerte dudaba que pudiesen escalar tal altura.

Dani, aterrado, comprendió que no podía ir a pie hasta el lugar de los disparos, que seguramente habían sido los causantes de que hubiera tantos por la zona.

Bajó la persiana, cerró las puertecillas y entró rápidamente. Se mantuvo inmóvil, tratando de contener la respiración para no ser escuchado, aunque ya no serviría de mucho, puesto que desde su posición podía escuchar la enorme cantidad de esos seres sedientos de carne humana, golpeando y arañando su casa, mientras gemían sin cesar.

Varios minutos después se percibió de nuevo el sonido de aquel helicóptero, ésta vez volando muy cerca de casa, demasiado cerca. De repente, el inconfundible sonido de una potente explosión se escuchó, explosión que había provocado un penetrante eco en la calle. Tragó saliva, apretó los dientes y mantuvo una respiración rápida e intensa, su rostro mostraba expresión de ira.

Apretó con firmeza el cuchillo y el martillo. Se mantuvo fijo, mirando a ninguna parte y pensando. Necesitaba un nuevo plan, definitivamente el mundo ya no era como lo conocía horas atrás.